Caminaba, y al caminar se detenía. Miraba como atontado a su alrededor. Hurgaba las caras de los transeúntes como quien busca encontrar una mirada en un espejo vacío. Suspiraba, miraba las nubes oscuras a punto de lluvia y caminaba, para detenerse al rato. La rutina se repetía una y otra vez, como cada día.
A veces, las acongojadas nubes dejaban caer sus dudas sobre el pavimento, pero él igual caminaba, igual se detenía, igual miraba y caminaba y de nuevo, se detenía. A veces, el sol prepotente ahuyentaba las nubes y calentaba inmisericorde y terco el paisaje urbano, mientras él caminaba, se detenía, pasaba un pañuelo o la manga de la camisa por la frente sudorosa, miraba, caminaba.
A veces, pocas veces, unos ojos desconocidos se detienen en los suyos. Entonces, por un instante, todo parece tener sentido. Por un instante, la recíproca mirada le indica el rumbo claro, definido, eterno. Sonríe. Sólo por un instante.

